sábado, 22 de abril de 2017

VÓRTICE DEL BEISBOL CUBANO (IV)



Por Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.


La vida tiene sus cosas,
tiene espinas y tiene rosas.
Del cancionero popular




  Apasionados hasta la calle del frente, unos lanzan dardos a diestra y siniestra, con o sin razón. Otros guardan prudencia para, al fin y al cabo caer en la razón, o mejor dicho, su razón. Así somos los cubanos. ¡Viva el debate respetuoso! ¡Ah! Y aunque me equivoque, no distingo a nadie que haya resultado mejor pitcher que Nolan Ryan. Él y el Meteoro de La Maya se emparentan, cada cual en el medio donde se desempeñaron, que en sus tiempos fueron diametralmente opuestos. 

   En la pelota cubana convergen serios problemas que se abordan en las peñas, los hogares, centros de trabajo, de estudio y en los más recónditos parajes del archipiélago. Las cosas andan al descubierto, tocadas con las manos. Unos se hacen de la vista gorda, otros atacan con fuerza y otros tratan de remediar el asunto sin voz ni voto, pero mayoritariamente con amor hacia nuestro deporte.

   En una apretada síntesis, trataremos de abordar algunos, desde la óptica de un aficionado más que, como todos, quiere regresar a los tiempos de gloria.

La prensa.

   Tenemos buenos periodistas. Otros menores, como sucede en cualquier ramo del saber. Hay programas que la gente agradece: Béisbol de Siempre, conducido por Yasel Porto, quien nos lleva de la mano de hombres como Ted Williams y Armandito El Tintorero; Bola Viva, Al duro y sin guante, y otros. En la radio ni se diga, con Deportivamente a la cabeza, un verdadero foro donde las pasiones se desencadenan. Más los comentarios de la prensa escrita y la digital.

   De Eladio Secades a Michel Contreras, hemos aprendido a valorar las cosas por su peso, sin tratamientos “amigables” ni “enemigos. Ellos lograron acumular conocimientos que van desde los aspectos técnicos hasta datos históricos. Se extrañan Eddy Martin, Rubén Rodríguez y Salamanca, capaces de adornar una buena jugada con las de ataño. A nuestro juicio, ningún periodista podrá cumplir el objetivo deseado sin un pleno dominio del arte beisbolero, que se obtiene con miles de horas frente a los libros y los ordenadores, en la búsqueda de temas históricos, técnicos y de la cultura general.

   Pongamos un ejemplo: cuando en la fría noche del 20 de diciembre del 2000, en el Capitán San Luis, Faustino Corrales repartió la friolera de 22 ponches a Holguín, debió recordarse que 47 años antes, el 24 de mayo de 1953, el derecho Gregorio Evelio Hernández había alcanzado esa cifra en la Liga Nacional Amateur. Eddy Martin, quien fue un excelente locutor, narrador, comentarista e historiador, recogió tales maravillas en su libro Palabras a los setenta y… De esa fuente hay que beber.
  
   En Cuba han desaparecido los comentaristas, no así en otros confines. Hay narradores, locutores y comentaristas, cada uno en su oficio. Recuerdo que Felo Ramírez, miembro del Salón de la Fama de Cooperstown por su capacidad narrativa, junto a René Molina (un estudioso de la pelota), no comentaban entre innings y demás paradas; lo hacían Juan Ealo y otros eruditos. En la radio y la televisión bien pudieran utilizarse a Yasel, Sigfredo Barros, Ismael Sené, jugadores como el profesor universitario Pedro Medina, y otros de capacidad demostrada. Contamos con estadísticos de lujo cual Arnelio Álvarez y Benigno Daquinta.

   Es indudable la influencia de los periodistas, quienes pueden hacer el bien y también, sin quererlo, el mal. En su momento expresé mi inconformidad con reservar lanzadores para determinados desafíos en el Clásico Mundial. En más de una ocasión Carlos Martí había declarado que conservaría la rotación que utilizó en la Serie del Caribe. Pero allá fueron decenas de criterios públicos y técnicos ofreciéndole perder el juego contra Japón y reservar a Lázaro Blanco para dos jornadas después. ¡Se le pedía nada más y nada menos que perder! No hubo uniformidad entre los especialistas; todos queríamos ganar.

   Resultado: Lázaro Blanco no estuvo preparado para esa carga psíquica, y fuera de rotación no pudo hacerse justicia. El cielo no puede tomarse por asalto, hay que conquistarlo. Un fardo demasiado pesado sobre sus hombros, sin la experiencia de un Huelga, Alarcón, Hurtado, Vinent, Lazo, Tati Valdés y otros escogidos. Tanta carga psíquica es contraproducente en un novato, aunque sea el mejor en la actualidad, o el mejor de la última serie. Algunos manifestaron su inconformidad, pero se impuso la sinrazón. Claro, si las cosas le hubiesen salido bien, todos aplaudiríamos. “Pero, sin embargo, se mueve…”, diría Galileo Galilei.

   Gracias al bate de Despaigne logramos pasar a la segunda etapa. Y el final todos lo conocemos. No fue el único problema, pues nuestros muchachos están alejados (no por falta de talento) de aquel nivel de juego; algo demostrado con creces, lamentablemente.   
       
La afición:

   Los estadios se llenan en los play off, o en algunos partidos donde se enfrentan equipos históricos. ¿Y la participación de los aficionados? Gritan, saltan, agradecen, ofenden, disfrutan o sufren con los suyos y los rivales. Después abandonan la instalación contentos o cabizbajos. Pero ¿qué ofertas tuvieron? No me refiero a las gastronómicas, que en menor o mayor medida han mejorado. ¿Dónde están las rifas de pelotas, bates y guantes entre la multitud? ¿Las acrobacias y movimientos danzarios entre innings? ¿El acercamiento a sus ídolos? ¿El boleto de entrada gratis buscado entre miles? ¿Los souvenirs? Y tantas otras iniciativas que se nos escapan.

   Casi a diario hay anécdotas que recordar por la amplificación, y no sucede. Tenemos miembros del Salón de la Fama en varias provincias y, que sepa este redactor, en ninguna están expuestos sus números en las cercas, como sucede en cualquier parte de este mundo. Ni siquiera se anuncian sus visitas al estadio. La historia que se va a escribir hay que cultivarla. Algunos equipos no tienen mascotas. Quizás una encuesta popular permita ampliar las iniciativas, sin copiar del exterior, aunque no tendría nada de malo acoger algunas que llaman la atención. El estadio deberá ser una fiesta de principio a fin.

¿Dónde y con qué jugar?

   Los niños y jóvenes piden a gritos sus terrenos y equipamientos; de ellos brotan los campeones. Pero la realidad es que han desaparecido los solares yermos en las ciudades, de allí salieron Martín Dihigo, Alejandro Oms, Pedro Ramos, Casanova y muchísimos otros. En aquellas nutridas plazas ahora se alojan edificios multifamiliares, empresas, hoteles… Urge buscar y encontrar lugares que puedan convertirse en áreas de participación. En una zona urbana usted no puede conectar un batazo que rompa los cristales de los automóviles o de viviendas. El fútbol, el baloncesto y otros se pueden improvisar en las calles, pero la pelota se torna “peligrosa” para vecinos y transeúntes, necesita mayor espacio.

   Se necesitarían bates, guantes, pelotas, caretas y petos. Antiguamente los muchachos jugaban al corrido de las bases, hasta sacar los outs con pelotazos de bolas hechas con cajetillas de cigarros. Los de menos nivel adquisitivo jugaban quimbumbia a la voz de “le doy… dale”. Tiempos que pasaron a mejor vida con la temprana masificación del deporte, que debe ahora peligra.

Búsquedas imperiosas:

   Es necesario el autofinanciamiento. Se dan pasos con la contratación de jugadores y entrenadores en el exterior, más otras formas que aún resultan insuficientes. Vemos con optimismo la apertura hacia torneos extrafronteras, incluidas las Grandes Ligas. Sería una buena inyección, pero hasta el sol de hoy es una quimera por los problemas políticos que todos conocemos. Para profundizar en este importante tópico, recomiendo el artículo de Joel García Lo singular dentro de lo universal, en “Trabajadores”, 17 de abril de 2017.

   En los últimos años más de 250 peloteros de buen nivel (no tengo la cifra exacta), han abandonado el país en búsqueda de mejor vida económica y para probarse en otros niveles. Lo hacen poniendo sus vidas en peligro y con acuerdos onerosos, entre ellos la condición de no volver a residir en su país de origen, un aspecto detalladamente tratado por Oscar Sánchez en el periódico Granma, y otros autores. Pocos llegan a la Gran Carpa, solo algunos se destacan, como asegura Hank Aaron (el 7%). 

   Imaginemos por un momento, solo imaginemos, que por una razón u otra (es solo una idea, repito) de las Mayores se marche de un tirón esa cantidad de estelares. Automáticamente se convertirían en clase AAA y posiblemente AA. Condiciones y recursos tendrían para recuperarse en corto tiempo, pero se afectaría profundamente el espectáculo. Así ha pasado en Cuba, sin disponer de tantas reservas. Aunque no es la única causa, las Series Nacionales han caído al nivel más bajo desde su fundación, lo que repercute en los eventos internacionales con altos niveles de profesionalismo y profesionalidad, que no es lo mismo, pero en este caso da igual, parafraseando a Silvio Rodríguez.

   La evasión no ha sido solo de jugadores. Una pléyade de talentosos técnicos trabajan en el exterior: emigrantes, contratos personales y colaboradores. Claro, son más cotizados los de un probado mayor nivel y, a su vez, con sus servicios se benefician las arcas del país y las suyas propias, pero se resiente la calidad del béisbol. El hombre necesita mejorar su economía, pero deshacerse de los mejores entrenadores es un asunto que daña la calidad.

   Los jugadores contratados se foguean en la filosofía del oficio profesional (aunque a algunos no les guste la palabra), la misma de donde debemos beber, porque es ahí donde competimos extrafronteras después que desapareció la palabra amateur de la Carta Olímpica. Con la salida al exterior amplían su capacidad, reciben el 80% del contrato y aportan a la Federación el 20%. Estos últimos rembolsos para el desarrollo de nuestra pelota.

   A su vez, y como un dilema supremo, subsiste la falta de incentivo material entre quienes quedan desempeñándose en los torneos del país, bien sean Menores de 23 o en las Series Nacionales. Y no pocos aficionados protestan por la ausencia de los mejores en nuestros clásicos. Deberán buscarse fórmulas para atender este problema, con estructuras donde puedan competir todos.

   La Liga Profesional Cubana se jugaba desde finales de octubre hasta los inicios de febrero, un tiempo exacto para que quienes se desempeñaban en otros lares pudieran hacerlo en su país. Jugadores y aficionados agradecían la etapa invernal. Quizás ahí tengamos el tan necesario torneo élite. Acaso con el original nombre de Liga Cubana (así surgió en 1878), como algunos le llaman desde ya. 

En fin, hay tela por donde cortar. Ahora bien, por esa época se juegan las Ligas Menores en el Caribe y otros países pudieran ser los escogidos por nuestros muchachos, pues obtendrían mayores ganancias. En su momento, aquella Liga Profesional Cubana fue la más fuerte y bien remunerada, recibía a decenas de extranjeros. ¿Estaría el país en condiciones de aceptar semejantes retos?

¿Formación de directores?

   Ojalá me equivoque, pero al parecer no existe en la actualidad una Escuela de Directores de Equipos, posiblemente ni de árbitros. Cada año aparecen jugadores o no, sin átomos de experiencia para tan compleja tarea. Una cosa es conocer por los libros o en el terreno la pelota y otra manejar un grupo de hombres de procedencias diversas que sienten, piensan y padecen, cada cual a su manera. Dirigir conlleva aprendizaje, entrega absoluta, carácter, métodos para ganarse el respeto. Y atenciones reales, sin jamás mentirles; no lo perdonarían.

   Se hace necesario profundizar en las leyes del béisbol, no solo salir al terreno a darlo todo. Ellas exigen una serie de códigos, detalles y coherencias para dirigir hombres y mujeres peloteras, que deberán sentir la sapiencia de quienes mandan y responder con el reconocimiento. Que se dé a respetar y respete, que ría en las fiestas y llore junto a ellos en el dolor.

   El director que no conozca las complejas reglas del béisbol, así como los mil y un problemas de los súbditos, de sus éxitos y fracasos, difícilmente podrá lograr un team work. En fin, un amigo exigente y respetado, o más temprano que tarde pasará al olvido. Quien eduque deberá ser un evangelio vivo, según palabras de José de La Luz y Caballero.

   En la incertidumbre vivida y quizás por vivir dentro y fuera del país, algunos hasta reclaman un torneo profesional con jugadores extranjeros. ¿Será viable?

   Ya veremos.

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